Publicado por G. Di Pietro en septiembre - 29 - 2011

Por Guillermo Di Pietro.

En el libro Music: A very short introduction -curiosamente traducido como De Madonna al canto gregoriano (Una muy breve introducción a la música)- el musicólogo Nicholas Cook problematiza sobre uno de los paradigmas más importantes que circulan actualmente en el sistema de valores de la música occidental: el de la figura del compositor por sobre el del intérprete. Y lo hace reconstruyendo históricamente cómo se generó ese paradigma en el campo del rock y en el de la música académica europea, lo que llamamos “música clásica”.
Menciona que en el rock todo comenzó en la década del ’50 cuando las compañías discográficas consideraron la posibilidad de comercializar música negra para un público blanco (el rock, precisamente) y que, en vez de comercializar las grabaciones originales hicieron que músicos blancos regrabaran las canciones, o sea, realicen un cover. Cuando trascendió que las compañías grabadoras no pagaban los derechos a los autores de las canciones (autores de piel negra) comenzó a tener mala reputación realizar un cover por el sólo hecho de desconfiar si se habían pagado los derechos de autor o no. Con el paso del tiempo quedó asociada la idea a que había algo de deshonesto en tocar música de otros, más allá de haber pagado o no los derechos correspondientes.
Por su parte, dice, la música académica europea del siglo XIX se basaba en la producción de composiciones que eran posteriormente interpretadas y finalmente degustadas por un público que las escuchaba. Se veía la cultura musical como un proceso de creación, distribución y consumo. Es la naturaleza de las cosas, agrega, la que hace que las actividades de componer (creación), interpretar (distribuir) y degustar (consumir) represente una secuencia cronológica. Lo que empezó como una ineludible prioridad cronológica pasó a ser, de algún modo, una jerarquía de valores.